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El elixir de la pesca a mosca

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Recupero este escrito que escribí y compartí en su día en la «Lista de Pesca», que muchos recordaréis, y que más tarde colgaron en ConMosca. No dispongo de las fotografías, pero en este caso creo que es algo totalmente secundario.

Hacía tiempo que no madrugaba para ir de pesca, y menos para hacerlo en solitario, pero necesitaba el elixir de nuestra afición para recargar pilas.

Eran las 6:00. No era un gran madrugón, pero me permitiría llegar al río escogido alrededor de las 8:00. El lugar, un típico río de montaña.

Llegué en el horario previsto. Nada más descender del coche pude comprobar que el río bajaba un poco alto para la época y con un color algo descafeinado, pero sin presentar problemas para pescar.

Me pongo de gala y emprendo una breve caminata para buscar el sendero que me conducirá hacia el cauce del río. De golpe…

¡Cáspita!

De detrás de un boj se me arranca una estupenda liebre. Sale rauda por el camino dando tres saltos en zigzag. Le pego un silbido y se queda paralizada, levanta sus grandes orejas y se vuelve. La contemplo en todo su esplendor y, acto seguido, vuelve a emprender una alocada carrera en busca de la salvación.

¡Guauuu!

Le calculo unos tres o cuatro kilos, la típica liebre de montaña de estas zonas.

—¡Bien! —clamo para mí mismo—. Esto empieza realmente bonito.

Desciendo la senda con la caña aún por montar. Llego a la ribera y contemplo el estado del agua. El caudal es algo fuerte, pero anda perfecto.

No veo trucha alguna, así que me siento y empiezo a montar con tranquilidad mi amada caña.

En pocos minutos comienzo a sondear piedra a piedra, tal como marcan los cánones en este tipo de río. Lanzo entre ellas, en los regatos, en las chorreras, al final de los pozos… Todo con meticulosidad.

Me conozco bastante bien esta zona y, después de recorrer unos cien metros sin ver una sola trucha ni espantar ninguna, empiezo a mosquearme.

—Esto no es normal.

Me detengo y valoro la situación. Cambio de mosca —estaba utilizando una ahogada— y coloco una ninfa que me permita escudriñar los fondos. Quizás con tanto movimiento de agua anden en sus escondites.

Nada.

Insisto e insisto y no veo señal alguna.

Vuelvo a sentarme y observo detenidamente el río.

¡Caray!

Ante mí aparece la silueta de un tritón pirenaico. Y otro. Y otro.

Me meto en el cauce y contabilizo, en poco más de tres metros cuadrados, nada menos que catorce. Como entiendo que es un hallazgo interesante, tomo nota de la zona.

La visión me ha hecho olvidar por un momento el motivo por el que estoy allí.

—¡Ferran, que has venido a pescar! —reclama mi otro yo.

Vale, vale.

Me apresuro y sigo río arriba.

Llego a una zona donde solo la pericia permite superar una dificultad rocosa. Un caos de piedras complica la marcha, pero encuentro el punto débil y tiro para arriba.

Supero el obstáculo y, a poco más de cinco metros de mí…

Tres pescadores de cebo.

¡Joder!

Ahora ya sé por qué no veo ni una trucha. Me están pisando el río.

Ante tal perspectiva y con una desazón tremenda, decido retirarme. Solo queda una opción: adelantar a esos pescadores quinientos u ochocientos metros y, a mi entender, no merece la pena.

Desmonto el equipo, cojo el coche y me vuelvo por donde he venido.

Cambio de escenario

Paso por la Colonia Rosal y me detengo para ver cómo está el Sin Muerte de Pedret.

Ante mis ojos encuentro un río algo alto, un poco roto de color y con una cantidad impresionante de algas. Pienso que habrá que investigar cómo minimizar semejante densidad.

Solo veo un pescador y me acerco a hablar con él. Me cuenta que ha tenido una picada y que le acaban de romper.

Me entretengo un poco observando el agua y veo tres o cuatro cebadas. Todas marcan que debajo hay buenos ejemplares.

Tomo la decisión.

Aún es temprano, son las doce. Voy al bar, hablo un poco con Pigui y tomo un tentempié.

Después regreso al río y sigo los pasos naturales de esta afición: waders, chaleco, pinzas, gafas, hilos, montar el carrete…

Realmente creo que disfruto mucho del prólogo de nuestra afición.

Ya puestos en regla, me dirijo en busca de alguna de mis amigas.

Voy a la roca de debajo del puente y, cómo no, ahí está la de siempre.

Baja Pigui y entablamos conversación mientras vemos cómo la trucha engulle y engulle moscas. Preparo la mía y la lanzo hacia su zona.

La ve.

Se dirige hacia ella como un torpedo teledirigido.

Los dos cantamos ya el desenlace cuando, de pronto, a menos de un centímetro de la mosca, pega un quiebro y se larga.

Je, je.

Pigui me comenta que llevan unos días muy cafres y que eso me pasará todo el santo día.

¡Joer! Pues vaya ánimos.

Pigui se larga y yo sigo dando la vara a esa trucha.

Ante los malos resultados cambio por otra que parece más glotona.

Nada.

Y así sigo durante por lo menos una hora.

—¡Respiremos!

Hay que ver qué está pasando.

Observo el agua. Un ligero número de bétidos baja por el río. Miro hacia la boca de esas glotonas y cafres truchas y veo cómo toman uno de cada muchos, pero siguen subiendo y, en teoría, comiendo.

Me acerco agazapado a la roca.

Tengo la trucha a poco más de un metro y la veo perfectamente. Observo con asombro cómo parece comer alternativamente una efímera, una ninfa y…

¡Carayo! Hasta una exuvia.

Está claro. Hoy será cuestión de probar y probar.

Me alejo poco más de dos metros, todavía agazapado. Miro la caja y cojo la típica mosca de CDC.

Se la presento de arriba abajo, ya que no quiero moverme de la zona.

Veo bajar mi mosca.

Veo cómo se acerca a la trucha.

¡Glup!

Se la zampa perfectamente.

Levanto la caña y veo cómo da un ligero movimiento de cabeza. Al momento se sumerge.

¿?

¿Qué ha pasado?

¡Por Dios!

Está claro. Se ha llevado la mosca limpiamente: se me ha corrido el nudo.

Bueno. Esta trucha no es para mí.

Me levanto y busco con la vista más cebas. Las veo, elijo una, lanzo y…

¡Zasss!

Mi primera pintona después de mucho, mucho tiempo.

La suelto sin sacarla siquiera del agua. No es muy grande, unos treinta centímetros, le calculo.

Sigo ya mucho más relajado. Lanzo a otras, fallo varias y finalmente pillo una algo más decente.

¡Ah! Esta por lo menos da los 45 centímetros.

Un hermoso ejemplar.

La trucha del puente

Decido ir debajo del puente para comprobar si encuentro alguna activa.

Llego y cuál es mi sorpresa cuando veo un enorme y extraordinario ejemplar debajo de él. Navega de izquierda a derecha y, de vez en cuando, toma alguno de los bétidos que bajan.

Me apresuro y desciendo para colocarme justo debajo del puente.

La veo perfectamente.

Es sencillamente enorme. Muy corpulenta.

Compruebo el bajo, coloco una imitación y calculo un poco la evolución del ejemplar.

Levanto la caña, hago tres falsos lances en perpendicular a la corriente y lanzo la línea en busca de ese precioso pez…

La madre que me…

El bajo cae hecho una auténtica aldabarría.

Acabo de realizar una posada horrible.

Veo que la trucha se dirige directamente hacia la mosca. No levanto el bajo por si acaso. Llega y, justo en el momento de tomarla, el bajo realiza su última cabriola. Una corriente de agua acaba de hacer el movimiento final.

Hay que jod…

Recojo todo y vuelvo a lanzar, esta vez sin falsos lances, directamente aguas arriba.

No cae tan mal.

Tampoco demasiado bien.

Pero entonces, casi provocándome un arrebato en el corazón, veo cómo ese enorme torpedo se lanza al ataque de mi artificial.

¡Sí!

La toma.

Levanto la puntera y noto al instante cómo la caña se dobla de forma exagerada y cruel para tan linda herramienta.

El pez, comprendiendo que ha jugado mal sus cartas, emprende dos prodigiosas carreras en busca del fondo. Después intenta otra a ras de la piedra.

Con el corazón latiendo a mil, alejo la puntera de aquella zona maldita y sujeto al pez como puedo.

Pasan unos minutos y noto que la trucha afloja en sus acometidas.

Esta es mi oportunidad.

La acerco tan rápido como entiendo que permite mi material y ahí está.

La tengo.

Me agacho hasta dejar el cuerpo extendido sobre la piedra y voy controlando al pez.

Por un momento nuestros dos cuerpos quedan en paralelo.

La contemplo.

Presiento que ella hace lo mismo conmigo.

Coloco suavemente la mano bajo su barriga y veo que no opone resistencia. Sitúo la caña junto a ella para tener una referencia de sus dimensiones y, una vez hecho esto, dirijo la mano hacia su portentosa boca, cojo mi artificial y la libero con delicadeza.

Pasan unos segundos y la trucha, lejos de marcharse, permanece allí.

La miro con alarma.

¿Estará mal?

Por fortuna apenas tengo tiempo de pensarlo. Hace un ligero giro con el cuerpo y se adentra en lo más profundo del pozo.

Me levanto.

Sin decir ni pensar nada más, desmonto el equipo y me dirijo al bar de Pigui.

Le cuento lo escaso de mis capturas y lo bien que me siento.

Al llegar a casa recuerdo la referencia que había tomado con la caña. Cojo el metro y, ante mi asombro, calculo unos 70-75 centímetros.

De golpe me acuerdo de otra trucha que vivía apenas a un centenar de metros de allí, fotografiada y filmada por el equipo de una revista francesa, y que daba una talla similar.

Quizás sea ella.

Quizás no.

Ahora eso es completamente intrascendente.

Hoy tengo las baterías más cargadas.

Está claro.

Hoy he tomado el elixir de la pesca a mosca.

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Ferran

Desde pequeño he estado vinculado al río. No puedo pasar por un curso de agua sin detenerme. Escuchar el rumor de sus aguas, ver y sentir la fauna. Son muchas las sensaciones de las cuales no puedo prescindir. Con este blog busco compartir estas dos facetas. Por un lado, mi compromiso por el bienestar de los ríos. Por otro, trasladaros informaciones útiles que puedan aportaros algo interesante para practicar la pesca sin muerte o sencillamente para acercaros a dar un paseo agradable. Ferran

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