El peso del rendimiento y la ligereza del agua
Inspirado en “La sociedad del cansancio” de Byung-Chul Han
A veces salimos al río sin prisa, casi con la esperanza de que el simple hecho de llegar hasta él baste para desprendernos del ruido cotidiano. Pero, sin darnos cuenta, acabamos atrapados en la misma lógica que queríamos dejar atrás. La tranquilidad inicial se convierte en un impulso sutil, casi imperceptible, por hacerlo “bien”, por lograr algo que justifique el día. Incluso lo contamos en las redes: “he ido al río a desconectar”, pero…
Empezamos a contar las capturas, a medir los minutos entre cada picada, a comparar nuestro lance de hoy con el de ayer o con el de otros. Convertimos el cauce en un escenario silencioso donde queremos demostrar algo, aunque no sepamos muy bien a quién. Esa presión, tan íntima, se confunde con afición, con técnica, con pasión… pero en el fondo es la misma exigencia que nos acompaña fuera del río.
Sin embargo, el río no exige. No establece métricas, no valora resultados, no premia ni castiga. El río simplemente fluye, indiferente al rendimiento que nosotros insistimos en perseguir.
Byung-Chul Han describe cómo hemos pasado del mandato exterior al autoimperativo interior: ya no trabajamos bajo un “tienes que”, sino bajo un “deberías poder”. Es una mutación sutil que aumenta la carga: si el rendimiento depende de nosotros, también depende de nosotros el fracaso. Y en la pesca sucede algo parecido. Nadie nos ordena pescar bien; aun así, sentimos la presión de no desaprovechar el día, de “sacar algo”, de no volver con las manos vacías, de tener algo que mostrar, algo que publicar.
Así, lo que debería ser un refugio espiritual se vuelve otra forma de lucha. Una lucha silenciosa, envuelta en el rumor del agua, pero lucha al fin y al cabo. Y terminamos agotados por algo que nació para darnos descanso. Nos estamos equivocando.
Quizá el aprendizaje esté en invertir ese movimiento, en aceptar que hay jornadas en las que el río no ofrece peces ni historias, que solo sigue fluyendo y que justamente ahí reside su enseñanza. Días en los que el verdadero acto de pesca es apoyar la caña en un árbol o una piedra, escuchar el agua y dejar que la tensión interna se diluya con la corriente, apartar aquello que nos convierte en nuestros propios supervisores.
Porque cuando dejamos de buscar rendimiento, el río nos ofrece otra cosa: una forma diferente de estar, una ligereza que no depende del éxito, una presencia que no necesita validación.
La verdadera captura, entonces, ¿cuál es? Salir del río un poco más ligero que cuando entramos.