Nunca dejaste de estar en la mochila. Siempre ahí, el primero en salir, casi diría que con ímpetu, con unas ganas locas de ver el paisaje.
Te agarrabas a mí como si fueras una rémora, pero no en el sentido peyorativo, sino en el sentir de dos amantes que se abrazan.
Nos uníamos en una perfecta simbiosis, agradeciéndonos mutuamente estar juntos, no sin cierta complicidad.
Testigo silencioso de mis sueños, de mis pensamientos.
Cuando te dejaba, no dudabas en mover las alas para dejar constancia de tu presencia. Si intentaba agarrarte a los anclajes, te oponías. No te gustaba estar sometido.
Tú querías jugar con el viento, aunque siempre le pusiste un límite.
El dios Eolo intentó arrancarte de mí en innumerables ocasiones, en los valles, pero sobre todo en las crestas del Pirineo, nuestro amado e idolatrado Pirineo.
Pero su perseverancia nunca consiguió separarnos.
Juntos remontamos decenas de ríos, subimos decenas de montañas y danzamos por innumerables crestas.

Me protegiste de los rayos del astro rey, aguantando estoicamente el sudor de mi frente.
Fuiste la sombra que necesitaban mis ojos para gozar de una buena siesta.
Fuiste la almohada para mi cabeza.
Grandes y hermosas siestas, relajándonos del esfuerzo realizado o, sencillamente, haciendo transcurrir el tiempo mientras esperábamos que esas amigas comunes estuvieran por faena.
Juntos nos empapamos con las lágrimas del cielo, pero también aguantamos estoicamente el granizo.
Cuántos recuerdos de aquellos días revoltosos en los que los dioses decidían echarnos del monte.
La última vez que fuimos de campeo fue en la Selva de Oza, en julio de 2013.
Ese día estuvimos mirando aquel tronco petrificado sobre el cual, dentro de nuestro imaginario, escribimos un relato.
Tú sabías lo que pasaba por mi cabeza.
Siempre sabías lo que pasaba por ella.
Ese día sentí la presencia de las moras, las brujas del valle de Oza.
Algo me dijo que algo iba a suceder, pero no sabía qué.
Ellas querían que me quedara, que no marchara. De hecho, mi corazón me gritaba:
¡¡Quédate!!
Pero ese maldito otro yo, ese que te dicta en demasiadas ocasiones un «no puedes, tienes otras cosas», me empujó a marchar del valle.
Pero las moras decidieron que te quedaras.
Y tú decidiste hacerlo.
Este año volveré.
Volveré al valle mágico para recorrer el mismo camino con la ilusión de reencontrarte.
Sé que sabes que esto va a suceder. Lo sabes desde el mismo día en que salí del valle.
Puede que nos veamos.
O puede que no.
Quizá hayas decidido remontar el río o alcanzar esa cumbre que siempre anhelamos subir.
Estoy seguro, o quiero pensar, que ahora eres amigo de Eolo y que con él estás descubriendo nuevos rincones.
O quizá las moras hayan decidido petrificarte.
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