Cuando llegamos al río Idrijca, en Eslovenia, nos vinieron a la mente innumerables recuerdos de cuando el río Segre era «El río».
El Idrijca recuerda mucho a ese río de los años 70 y 80, aunque también te hace recordar al Carrión, al Ésera o a tantos otros ríos de nuestra geografía que me han hecho y me hacen gozar de la pesca.
Junto con Agustí empezamos, como si fuéramos un par de abuelos, a explicar una tras otra anécdotas, relatos de truchas, de serenos que estaban lejos de dejarte «sereno»…
Hasta el olor del ambiente nos trasladó a épocas en las que parecía que nunca llegaba el fin de semana para ir de pesca con nuestros padres.
El Idrijca es un río que ha convivido durante siglos con la actividad minera de Idrija, especialmente ligada a la explotación del mercurio. La historia minera de la zona acabó siendo reconocida como Patrimonio Mundial por la UNESCO, junto con Almadén, en España.
El río recibe las aguas de diferentes afluentes antes de entregarlas al Soča.
Es un río de alegre anchura, buen caudal y aguas muy limpias. En sus aguas encontramos farios, híbridos, tímalos y marmoratas.
La mayor marmorata que vi en este periplo por tierras eslovenas fue en la zona trofeo.
Y digo «vi», algo que no es del todo correcto.
Fue nuestro guía, Blaž Klančnik, quien detectó una gran marmorata que, según él, podía acercarse al metro.
No tuvo la gentileza de picar.
Solo pude contemplar parte de su figura mientras ella se dedicaba a poner la ley en su poza.

En uno de los tributarios del Idrijca nos invitaron también a conocer un centro dedicado a la recuperación de la marmorata.
Allí nos explicaron el trabajo que realizaban con esta trucha y los proyectos destinados a reforzar sus poblaciones.

Tuve la fortuna de pescar la zona trofeo del Idrijca, pero también pesqué dos serenos aguas abajo de la casa del escritor Ciril Kosmač.
Hermosa casa la de este escritor.
He mirado su obra y una de sus obras más conocidas se titula Un día de primavera.
Y precisamente ahí estaba yo, en un hermoso día de primavera.
¿Casualidad?
Probablemente.
Pero dejadme que en mi subconsciente flote algo más que casualidad.

La primera tarde en el Idrijca nos acompañó Jean Pierre Chabot.
Con la más que inestimable ayuda de Agustí, que cual perro de caza le indicó dónde lanzar la ninfa, clavó una buena marmorata.
Ya al atardecer buscamos una zona de pesca por debajo de la casa del poeta.
Nos juntamos Lulú, José Javier, Renato, Agustí, Jean Pierre y yo. Nos repartimos un poco, aunque todos estábamos bastante juntos.
Ahí me pasé un buen rato intentando escudriñar las profundidades de una poza.

Pude ver varios peces en una posición de «no sé, no sé».
Valió la pena esperar a que el sol fuera ocultándose porque, al unísono, ellas decidieron tomar sus posiciones para empezar a comer.
Pesqué…
Mejor dicho, lancé las moscas en busca de esas pequeñas cebas hasta que por fin pude capturar la primera pieza.
Una arcoíris extremadamente fuerte empezó con sus embestidas y algún que otro salto. Hacía tiempo que un salmónido no me daba tanta pelea.
Pude prender otra y marré otras dos.
Pero, como digo y distingo:
lancé la mosca, no pesqué.
Más adelante entenderéis la diferencia.

Mi segundo encuentro con el Idrijca fue en la zona trofeo.
Ahí pesqué dos sectores con los mismos amigos.
En el primero vi varios peces, algunos de gran porte, como el que pescó José Javier: una arcoíris que le dio una pelea del copón.
Blaž también clavó unas cuantas.
Yo, nada.
Seguía viendo cómo comían y seguía con mi miopía.
Me dedicaba a cambiar de mosca, a lanzar…
No a pescar.
Blaž tomó la decisión de cambiar de tramo. Se acercaban las 19:00 y, según él, aquello podía depararnos un buen rato.
Dicho y hecho.
Bártulos arriba y a cambiar de sector.
Bajamos al río Agustí, Blaž y yo. Nos repartimos una tabla con unas corrientes muy sugerentes.
Justo al llegar empezaban a moverse los peces.
Claro, eran las 19:00.
Nos cruzamos sonrisas maquiavélicas.
Los primeros lances sobre las cebas no dieron resultado. Ellas seguían comiendo, con parsimonia.
Mi otro «ser» me gritó:
¡¡¡Pero hazlo de una vez!!!
Y así lo hice.
Dejé la caña a un lado y me metí justo donde comían esos peces, ya que por donde estaba yo no pasaba un puñetero mosquito sospechoso.
Y alea iacta est.
Pude recoger varias moscas que bajaban como subimagos. Unas efémeras marrones de un tamaño aproximado del 18.
Miré mi caja y allí tenía algo muy similar.
La monté y lancé.
Pero, para mi desespero, vi que, a pesar de creer que la mosca bajaba sin dragar —bueno, al menos no mucho—, las muy simpáticas la rechazaban.
No la ignoraban.
Solo faltaba mejorar el lance.
Mi decisión fue pescar aguas abajo con el máximo de bajo posible. El objetivo era intentar eliminar en lo posible ese dragado.
Y…
¡¡chapeau!!
La primera entró a la perfección, realizando la ceremonia de las carreras alocadas.
Y así pude sacar algunas más, incluida una hermosa marmorata de unos 50 cm.
Blaž creo que se lo pasó la mar de bien viendo cómo gritaba como un chiquillo.
Salí del río exultante, eufórico, con esa sensación pura y limpia de saber que:
esa tarde sí había pescado.
Para finiquitar, delante del coche pudimos ver cientos de luciérnagas.
Algo que no veía desde hacía muchos, muchos años.


Agustí y yo decidimos cerrar nuestra estancia pescando el tramo bajo del Idrijca, una vez más por debajo de la casa del poeta.
Esta vez pude engañar a dos truchas, una arcoíris y otra marmorata.
Agustí clavó un enorme pez que creo que debe de seguir corriendo aguas abajo.
Rompió el sedal, y eso que estaba preparado ante lo que se le venía encima.
Fue otra tarde de «pesca» en la que, una vez más, no dudé en quitarme los aperos para ir hasta la zona de caza de nuestras amigas.
¡¡Cómo disfruté!!
No podía pedir un final más bonito.
Un buen amigo de pesca, un buen río, unas buenas cebas, la noche cerrando el día, una marmorata en las manos.
Quizá el poeta nos quiso regalar ese final.
O quizá fueron las hadas y los duendes de los tupidos bosques eslovenos.
Madre mía Tito, los dientes me están pegando ya en la mesa…
Jorge, no sufras, hay unas muelas que van la mar de bien, te dejan los dientes la mar de planos. Espero y deseo que un día podamos hacer una salida de estas, juntos.
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Muy bien tus relatos de Eslovenia y más aún cuando te vienen a la memoria un verano hace ya quince años que estuve con mi caravana recorriendo sus ciudades, ríos y valles , allí vi los primeros peces RAROS, hasta que un pescador italiano me dijo que eran timalos, marmoratas y arcoiris, en ese tiempo cuando marchabamos de vacaciones las cañas se quedaban en casa, siempre me quedo la esperanza de volver ha hacer una semanita de pesca, posiblemente pronto será realidad.
Me gusta lo del Segre, un río que ha tenido sus grandes momentos en el que saque las primeras truchas en 1958 y desde entonces cada año con mayor o menor fortuna lo sigo pescando, en estos momentos no está como en su época dorada de los 70 pero es un río que en condiciones normales de caudal no defrauda.
Un saludo
Nuestro Segre Bernat, lo que llegó a ser y como se ha perdido, aunque algún rincón nos queda. Cuando vi el Idrija me vinieron tantos recuerdos, buuuf.