Tus moscas son tus moscas, sean hechas por ti o compradas.
Estás seguro de ellas. Sabes que te han sacado de más de un posible bolo en este o aquel otro río.
Joé, que funcionan, ¿verdad…?
Pero cuando vas a meter unos cientos o miles de kilómetros de por medio, las dudas y los nervios empiezan a atenazar tu espíritu pescador.
Miras tu caja de moscas, la cual siempre, siempre ves con poca variedad y, por supuesto, escasa de contenido.
Al respecto he de decir que NUNCA he ENCONTRADO un solo PESCADOR que DIGA QUE TIENE LA CAJA LLENA.
Y lo pongo en mayúsculas a cosa hecha.
Bueno, sigamos.
Al final te preguntas:
¿Qué mosca funcionará?
Clásica entre las clásicas cuando uno va a un nuevo destino de pesca.

En fin, que después de mirar tu caja empiezas a sudar la gota gorda.
Necesitas despejar esa ansiedad, así que pasas a la acción.
Primero, en plan voyeur, vas mirando perfiles de pescadores de la zona en busca de esos patrones triunfadores. Luego ya pasas al segundo paso: empezar a preguntar a gente conocida.
Con un poco de suerte encuentras alguno que ha visitado la zona y te pasa una retahíla de información.
Pero, a pesar de todo, tu otro yo, ese puñetero yo pescador con poca confianza, te va soltando un:
«La vamos a cag… No llevamos las moscas necesarias.»
Y hala, cada vez tienes más cerca la sensación de que esos hermosos días que deberían ser sinónimo de pesca brutal, peces de buen tamaño y en cantidad, esos días súper molones, se pueden transformar en súper bolos.
Y vamos, no es plan.
En mi reciente y, a la vez, ya lejano viaje a Eslovenia me pasó algo parecido, aunque no tan intenso.
La verdad es que llevaba una época bastante liada. Cuando me di cuenta faltaban solo tres días para hacer las maletas.
Entre eso y que me dijeron que allí tendríamos moscas para solucionar nuestros posibles problemas gastrointestinales, opté por no romperme más los cuernos.

Llegados a la que sería nuestra casa en Eslovenia, pude ver que por moscas no habría problema Vila Noblesa.
Miles de moscas esperaban a ser adquiridas por los golosos pescadores. Pero cuando digo miles son eso, miles. Aproximadamente unas 30.000, según nos informaron.
Las primeras que vi fueron junto al guía de pesca que nos iba a acompañar.
Rápidamente y sin vacilar dijo:
—La Branko Killer. Indispensable.
Es curioso el sentimiento que se desprende ante este tipo de bautizos. Una mosca a la que llaman killer motiva a que un pescador «sin muerte» la desee tener…
En fin, cosas del género humano.
Al día siguiente tocaba pesca.
Los pescadores que nos acompañaban preguntaron al guía:
—¿Qué mosca ponemos?
¡¡Branko Killer!!, por supuesto.
Yo, que soy de los que les gusta el marketing, pensé en mis adentros:
—Joé, qué campaña más bien montada.
La mosca funcionó. En sus momentos, pero sacó peces.
Al día siguiente, otro guía, misma escena.
Branko Killer atada, tímalo prendido, marmorata prendida, arcoíris prendidas…
Río Idrijca, Soča… Tanto da.
La Branko Killer levantaba truchas, palabrita de Tito Ferrán.
El elemento más característico de esta mosca era su color violáceo. En concreto, utilizaban un tono que allí identificaban como Blue Spinner, Special Branko, comercializado por Metz.
Según nos explicaban, ese color funcionaba especialmente bien en aquellas aguas extremadamente limpias.
Los tamaños que utilizaban eran más bien importantes. Moscas voluminosas, con unos buenos mástiles.
Vamos, genial para mi vista.
Ver bajar esos «barcos» por el río y los tímalos y truchas aporreándolos cual Moby Dick es una gozada.

Evidentemente, salían peces con otras moscas. Una que me dio alegrías fue la «carriona» de Joaquín Herrero, con la cual engañé algunas arcoíris y a una marmorata que subió lentamente a absorber esa «mosca guiri».
No me ha dado alegrías la carriona…
También vi pescar mucho a ninfa. Los gammarus eran habituales para pescar tímalos, además de otras ninfas.
Pero si los peces estaban algo arriba…
no dudábamos en sacar unas Branko Killers.