Mi padre me cuenta que de enano ya me pirraba por pescarlas. El verano me lo pasaba con él, en mi pantano, día a día, sesiones intensas. También íbamos a por ellas por nuestro querido río Llobregat, tanto en otoño como en primavera. Con tanto azud, centrales y contaminación, eran de los pocos peces que podías ver. De hecho, en aquel momento podríamos decir que seguía más o menos igual, salvo que la depuración había mejorado. Pero el río seguía siendo maltratado. Si no fuera por ellas, el río parecería muerto.

Las carpas fueron mis primeros peces. Las pescaba con maíz, gusano, patata hervida, garbanzo… Incluso creaba algunas pócimas mágicas, recetas que me afanaba en preparar como un druida en su olla. Santa paciencia tenía mi madre, ya que entre azafrán, aceites, tubérculos y otros elementos, dejaba los utensilios de cocina bien majos.

A mosca hace pocos años que las pesco. Jorge Colás ya me provocaba con su blog, Escamas Doradas —que, por cierto, me tienes descuidado, amigo—. Y Joan Carles Navarro, «Juan Karp», buen amigo y pirrado como el primero por los ciprínidos, me ha rematado inoculándome el virus de su pesca a mosca.
Sí, puedo decir, sin el menor género de dudas, que he redescubierto a estos peces.

Cada año les dedico más y más sesiones de pesca. Y no es para menos. Te garantizan grandes carreras, ponen a prueba el equipo de pesca como pocos peces lo hacen —cuántos anzuelos abiertos…—, son caprichosas y, a veces, diría que irritables.
Tienen todo lo necesario para ser buenos peces para pescar con caña de mosca. Y encima las tengo muy cerca de casa.


Las carpas son interesantes. A veces les da por absorber tranquilamente el engaño, pero no es raro encontrar persecuciones al señuelo. Así que uno las pesca cuando están hociqueando por el lecho del río y otras cuando ves que andan patrullando de forma tranquila.
Este final de verano y principio de otoño se está dando bien. Visto lo visto, creo que esta temporada todavía me deparará buenos momentos.
En fin, yo seguiré charlando con ellas.