Quién no ha tenido la sensación o la certeza de que siempre hay las típicas truchas un metro más allá de donde alcanza nuestro lance.
La desesperación se apodera de uno cuando ve que ni invocando a los dioses del lanzado se le aparecen y le poseen para lanzar esos metros necesarios.
De hecho, sería un mal rollo verse poseído para lanzar algunos metros más…
Por si acaso, si veis a un pescador dando aspavientos raros, balbuceando, mejor alejaros, no sea que…
Pero dejemos el tema oscurantista.


Esos últimos coletazos para nuestra afición suelen ir acompañados de momentos de buenas capturas.
Los peces muestran una buena o muy buena actividad y, ya no te cuento, si se juntan factores como temperatura, lluvias…
En otoño he tenido las mejores jornadas de barbos, pero también he tenido buenos momentos pescando las últimas truchas.
Tengo un especial recuerdo de una jornada en Pino del Río. ¡¡Qué rato pasé con Joaquín Herrero!!
Pero también atesoro hermosos recuerdos en Pirineos.
Mi amado Pirineo siempre se las apaña para atraerme como el hierro al imán. Todavía tengo frescos en la memoria los lances realizados en sus aguas, puras, cristalinas.
Para mí son momentos casi lujuriosos.
Puse fin a la alta montaña en el Valle de Benasque.


Este año no sé si me voy a aletargar cual lirón.
Por mis venas sigue fluyendo la sangre, mi corazón no para de bombearla.
Mi «ser pescador» anda juguetón. No quiere parar de andar por esas veredas, necesita sentir la humedad y, por qué no, sentir el frío del invierno en las manos.
Me empuja, me incita a volver al río…
Creo que voy a hacerle caso.
Pues si, una temporada nos deja. Pero solo para las truchas. Aun quedan días de barbos (nos debemos un buen día de barbos), y sé de buena tinta que vamos a seguir «pescando» este otoño e invierno. En nada nos plantamos en primavera. Un abrazo
ja,ja Jorge, tu sabes mucho, mucho. Sí, nos debemos un buen día de barbos y mira que me da que no tardaremos para que esto suceda. Un abrazo