Pasear por sus riberas, escuchar el rumor de las aguas bravas, observar su fauna… es algo que siempre me llena de buenas sensaciones y, como se suele decir, calma mi espíritu.
Hasta los diez años me dediqué a pescar básicamente ciprínidos.
Pero algo iba a cambiar.
Recuerdo una salida de pesca diferente, una jornada que iba a dar un vuelco a mi vida de pescador.
Mi primera salida a pescar:
¡¡truchas!!
Recuerdo perfectamente que los nervios no me dejaron conciliar el sueño.
Al llegar al río, mi padre no tardó demasiado en sacar un pez plateado que daba muchos brincos.
—¡Son truchas arcoíris!
¿Arcoíris?, me pregunté.
En aquellos momentos, la verdad, no le di mucha importancia al hecho de que a aquella trucha la llamaran arcoíris. Para mí era sencillamente un pez precioso que además, y qué carajo:
¡era una trucha!
¡La primera trucha que veía salir del río!
Tres años después seguíamos pescando aquellos peces plateados hasta que un día cambiamos de río.
Según los lugareños, allí había trucha “del país”.
En definitiva, una trucha “autóctona”.
¿Cuántos tipos de truchas hay?, me pregunté inmediatamente.
Con el permiso de conducir en el bolsillo me dediqué a recorrer ríos y más ríos buscando aquellas truchas salvajes, las del país, que los entendidos aseguraban que se denominaban truchas fario.
Un día, y para acabar de liarla, alguien me dijo que no a todo lo que hay en el río se le puede llamar trucha autóctona.
¡Touché!
Fue la estocada final.
Desde entonces creo que me sentí como si buscara el Santo Grial.
¿Qué entendemos por una trucha autóctona?
Cuando escribí originalmente este artículo, hace ya más de una década, intentaba comprender qué había detrás de aquellas truchas que durante años había conocido simplemente como “las del país”.
Desde entonces, el conocimiento sobre la genética y los diferentes linajes de Salmo trutta ha avanzado considerablemente.
La trucha común presenta una extraordinaria diversidad genética y fenotípica. A lo largo del tiempo se utilizaron numerosos nombres para describir sus distintas formas, poblaciones y ecotipos. La genética permitió posteriormente comprender una realidad bastante más compleja.
Y también nos enseñó algo especialmente importante para su conservación:
no todas las truchas comunes tienen el mismo origen genético.
Las poblaciones ibéricas presentan diferentes linajes y una larga historia evolutiva ligada a las distintas cuencas hidrográficas. A esa diversidad natural debemos añadir el efecto producido durante décadas por las repoblaciones con peces procedentes de otras poblaciones, especialmente de origen atlántico domesticado.
El resultado es un auténtico puzle.
Y quizá por eso aquellas sencillas palabras que escuchaba de joven —“truchas del país”— escondían detrás una historia muchísimo más compleja de lo que entonces podía imaginar.
¿Dónde quedan truchas autóctonas?
En la actualidad creo que he enfermado.
Mis excursiones de pesca se centran casi exclusivamente en intentar encontrar truchas autóctonas, algo que se vuelve difícil en muchas de nuestras aguas si exceptuamos algunos lugares donde estas poblaciones han conseguido persistir frente a las diferentes alteraciones sufridas por los ríos.
Pero ¿dónde hay truchas autóctonas?
No es tarea fácil responder.
La única forma rigurosa de conocer el origen de una población es mediante estudios genéticos adecuados.
En Cataluña se realizaron ya hace décadas trabajos destinados a conocer la estructura genética de las poblaciones de trucha común.
Entre los pioneros estuvo el genetista Dr. Carles Pla, que estudió diferentes poblaciones catalanas. Posteriormente se ampliaron estos trabajos en diferentes cuencas.
También resultaron de gran interés los trabajos realizados por el biólogo Enric Aparicio, entre otros investigadores, sobre las poblaciones mediterráneas de trucha común y sus características.
Desde aquellos primeros estudios se ha avanzado muchísimo. Hoy conocemos mejor la existencia de diferentes linajes evolutivos, la estructura genética de las poblaciones y el fenómeno de la introgresión genética, producido cuando peces procedentes de repoblaciones se reproducen con poblaciones locales.
Precisamente por eso hablar simplemente de una trucha “fario”, atendiendo únicamente a su aspecto, resulta insuficiente.
Una trucha puede parecernos absolutamente salvaje y, sin embargo, su historia genética puede ser mucho más compleja.
Una diversidad construida durante miles de años
Las poblaciones de trucha común se han ido adaptando durante miles de años a las características de los ríos que habitan.
Temperatura, caudal, régimen hidrológico, disponibilidad de alimento, aislamiento entre cuencas y muchos otros factores han ido moldeando poblaciones diferentes.
Las poblaciones mediterráneas, por ejemplo, viven en sistemas sometidos a unas condiciones hidrológicas particularmente variables.
Todo este patrimonio evolutivo puede verse alterado cuando introducimos de forma reiterada peces procedentes de otras poblaciones.
Durante décadas, muchas repoblaciones se realizaron pensando fundamentalmente en disponer de más peces para pescar.
Hoy sabemos que esa visión era demasiado simple.
La introducción de truchas de origen diferente puede producir hibridación e introgresión genética sobre las poblaciones locales, además de otros posibles efectos ecológicos.
Y lo que se pierde no es simplemente una determinada coloración o una distribución diferente de las pintas.
Se pierde parte de una historia evolutiva construida durante generaciones.
El aspecto de una trucha no siempre cuenta toda la historia
Durante años se intentaron identificar diferentes poblaciones mediante características morfológicas.
Coloración.
Número y forma de las manchas.
Franjas verticales.
Proporciones corporales.
Son características interesantes y pueden proporcionar información, pero existe una importante plasticidad fenotípica en Salmo trutta.
Por eso una fotografía no constituye por sí sola una prueba de que una trucha sea genéticamente autóctona.
Las imágenes que acompañaban el artículo original mostraban precisamente diferentes fenotipos identificados en trabajos realizados en Aragón y resultan muy interesantes para comprender visualmente esa diversidad.
Pero la genética es la que puede ayudarnos a conocer con mayor precisión el origen de una población.
¿Repoblar con truchas autóctonas?
Ante la pérdida o deterioro de una población podríamos pensar que la solución pasa simplemente por criar ejemplares autóctonos y soltarlos nuevamente en el río.
Pero tampoco es tan sencillo.
Una experiencia histórica especialmente interesante tuvo lugar en Cataluña dentro del programa “Adopta-un-Río” de AEMS.
El torrente de Vall-llobre, afluente del Ter, había sufrido un episodio de contaminación que afectó gravemente a su población de trucha.
Para intentar recuperarla se utilizaron reproductores procedentes de la cabecera del Ter y se realizó la fecundación de los huevos in situ, depositándolos posteriormente mediante cajas tipo Vibert.
Más allá de aquella experiencia concreta, la cuestión fundamental continúa siendo la misma que escribí entonces:
el primer objetivo debe ser que nuestros ecosistemas acuáticos estén en condiciones adecuadas para que sea el propio río, con sus poblaciones de peces, el que pueda mantenerse.
Porque conservar una trucha autóctona no consiste únicamente en conservar peces.
Consiste en conservar el río que ha permitido que esa población exista.
Preservar lo que todavía tenemos
Cuando publiqué originalmente este artículo, diferentes administraciones estaban comenzando o desarrollando estudios para localizar poblaciones genéticamente relevantes y establecer medidas específicas para protegerlas.
Desde entonces, tanto el conocimiento científico como la normativa y las figuras de protección han evolucionado.
Por ese motivo he preferido retirar de esta revisión las referencias concretas a regulaciones y zonas de pesca que aparecían en el texto original. Quien quiera conocer dónde y bajo qué condiciones puede pescar actualmente deberá consultar siempre la normativa vigente.
Pero hay algo que no ha cambiado.
Seguimos teniendo delante un patrimonio biológico extraordinario.
Poblaciones que han sobrevivido durante generaciones en determinados ríos y cuencas, sometidas a crecidas, sequías, cambios climáticos y todo tipo de alteraciones naturales.
A ellas hemos añadido nuestras propias presiones: modificación del hábitat, barreras, contaminación, capturas y, durante décadas, introducciones de peces de otros orígenes.
Por eso, si algo tengo más claro ahora que cuando escribí por primera vez estas líneas es que nuestra prioridad debería ser sencilla:
conservar las poblaciones salvajes que todavía tenemos y los ríos que las sostienen.
Quizá aquella búsqueda que empezó cuando era un chiquillo y escuché por primera vez hablar de una trucha “del país” no era realmente la búsqueda del Santo Grial.
Era simplemente aprender a valorar lo que ya teníamos.

interesante la historia,pero falta algo que no me queda claro.de donde es originaria la trucha.
Hola Gilmer. El origen tiene lugar, según dicen los expertos en las glaciaciones del Pleistoceno. Hay diversos linajes, por ejemplo el atlántico, el del mediterráneo, del Danubio… En España tenemos las truchas mediterráneas y las truchas de origen atlántico, por ejemplo las del Duero, Tajo. La trucha es el pez, junto a la carpa que ha sido más introducido en todo el mundo.